Solidaridad Noticiario Centro de Andalucia

Día Mundial de las Personas Enfermas

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El 11 de febrero se conmemora el Día Mundial del Enfermo, una fecha que nos hace recordar que nadie se tiene que olvidar del que sufre y que el dolor tiene que unirnos, ya que no podemos permanecer indiferentes ante aquellos que pasan 24 horas del día, con una enfermedad y que a pesar de que a algunos se les diagnostica pocos meses de vida, se aferran a la vida para poder salir adelante, porque quieren vivir y vencer su enfermedad o impedimento.

Enfermeros por amor

 

Desplazamientos diarios desde los pueblos del interior, noches dando cabezadas en un sillón y vidas trastocadas forman parte de la rutina de los familiares de un paciente hospitalizado de larga duración
Vanesa Martín atiende con esmero a su padre que lleva cinco meses hospitalizado. Se la ve fuerte, aunque confiesa que a veces se hincha de llorar. Delante de él, saca su fortaleza y su mejor sonrisa. Lo tapa, lo escucha, le alcanza todo lo que le pide. Hoy la guardia le toca a ella, pero su madre es la que lleva el peso de cuidarlo. “Después de pasar tantos meses en el Clínico, yo ya puedo hacer de enfermera”, dice medio en broma, medio en serio.

Muchas noches durmiendo en un sillón de hospital pasan factura y aunque tiene vértigos, allí está al pie del cañón. Por amor se ha convertido en una improvisada enfermera, como cientos de personas que cada día cuidan de sus familiares ingresados. “Yo tengo 30 años y cuando me quedo por la noche acabo destrozada de los riñones, imagínate mi madre con 60”, cuenta. Hoy la madre descansa, pero a medias, porque tiene que cuidar del niño de Vanesa, para que a su vez ella esté pendiente de su padre. Una hospitalización siempre trastoca la vida familiar. Pero si se prolonga mucho tiempo, complica hasta la economía porque hay que pagar el transporte, la comida en los bares próximos al hospital y porque no siempre se pueden conciliar esos cuidados con un empleo. Vanesa está en paro. El lado positivo de su desempleo es que puede cuidar de su padre. Cuenta que el hospital les da la dieta del acompañante, un detalle que se agradece porque en su casa tienen que vivir cuatro personas con unos 500 euros.

Su padre ha pasado ya por la cuarta planta, por la quinta, por la sexta y por la UCI. Ha tenido media docena de operaciones, pero todavía no puede irse a casa porque tiene una fístula que no acaba de cerrar. Después de cinco meses de enfermedad y hospital, Fernando Martín ha perdido musculatura y apenas le queda un hilo de voz. Sin embargo, se esfuerza en acudir a Rehabilitación dentro del hospital para no perder la poca fuerza que aún conserva después de tantos meses postrado en una cama. Sus familiares lo respaldan cuidándolo y apoyándolo las 24 horas. Como su hermano, que todos los días baja de Casabermeja para verlo y animarlo.

En la habitación de al lado la historia tiene otros nombres, pero similares temores y esperanzas, y el mismo afecto que empuja a dejarse la piel para que un ser querido supere una enfermedad. Allí están Elvira Rodríguez y José Antúnez, los padres de una joven de 25 años sometida a una operación de reducción de estómago por obesidad mórbida que se ha complicado. Ya lleva casi dos meses hospitalizada. Sus familiares montan guardia para que esté acompañada las 24 horas. Sus padres bajan todos los días de Almogía. Cuando a Elvira le toca la noche, hace un turno de unas 36 horas seguidas en el hospital. “Pero aquí no se puede dormir”, cuenta. No sólo porque no es igual echar cabezadas en un sillón que descansar en una cama, sino porque su hija ha estado muy grave y el trajín era constante incluso de noche. Fue reintervenida, cogió una neumonía y hasta cuatro virus de esos que se hacen fuertes en los hospitales, pero parece que ya va saliendo adelante.

Cuando se les pregunta qué pedirían para casos de hospitalización prolongada como el de su hija, no hacen ninguna reivindicación. “Que se cure pronto”, ruega el padre. Ambos tienen el semblante algo abatido y al mismo tiempo, muy esperanzado. En desplazamientos desde el pueblo, gasoil, desayunos y almuerzos se les van unos 40 euros diarios. Pero no les importa el esfuerzo físico, ni el económico ni el emocional con tal de que su hija remonte su mala racha.

Otra vez el paro tiene su parte positiva. Un cuñado de la paciente que se ha quedado sin trabajo es el que cuida de los niños cuando la hermana viene a relevar a la madre. Entre todos echan una mano para que no le falten un cuidador. “Toda la familia está volcada, pero tenemos la vida alterada. Por suerte ya parece que está saliendo…”, cuenta la madre. Todo depende de que cicatrice la herida. Entonces podrán volver al pueblo y a la rutinaria, pero invalorable vida cotidiana.

Unas habitaciones más allá está Francisca Gómez, de 68 años. Cuida de su marido, que sufrió una perforación intestinal durante una colonoscopia. Lleva tres meses hospitalizado. Ha sido operado dos veces. Francisca y su esposo no tienen hijos. “Si tuviera, ahora me ayudarían. Pero estoy sola. No tengo más ayuda que la de Dios y la de las enfermeras”, cuenta con resignación.

Todos los días viene de Álora para cuidarlo. Los dos ya están jubilados. Estuvieron 34 años en Alemania y hace ocho se volvieron al pueblo, a su tierra, a pasar la vejez. Pero el retiro tranquilo se ha torcido. “Yo por las noches no me quedo. Pero tampoco me da tiempo a descansar, porque llego a la casa, me ducho y me acuesto y al día siguiente otra vez tiro para el hospital”, cuenta Francisca. Por las tardes, la recoge un hermano de su marido, que viene a verlo y la lleva de vuelta al pueblo. Si el Hospital del Guadalhorce estuviera abierto, el trastorno sería menor, dice. Como las demás familias, está dispuesta a seguir poniendo todo su esfuerzo “el tiempo que haga falta” para hacer posible la curación de un ser querido.

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Written by Noticiario centro de Andalucia

febrero 10, 2011 a 8:14 pm

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